Moha Quach
Han pasado ocho años desde que Moha Quach entró por primera vez en la cocina de El Terrat. “Han cambiado muchas cosas”, reconoce, mientras observa con cariño y emoción la evolución de su proyecto. Es su manera de entender la gastronomía y la historia. Dos conceptos que nunca se han separado, sino que han caminado en paralelo con un único objetivo: desnudar el alma y poner en valor la tierra.
El alma son las vivencias. El recuerdo. La herencia. La tierra es el campesino. El pescador. El pequeño productor. “Aquello que te lo da todo”. Quach ha disfrutado y ha forjado un camino que lo ha llevado a explorar la cocina mediterránea. Como si se tratara de un mercante romano que recorre las costas de la península y del norte de África, el barco de El Terrat se ha detenido en cada puerto para descubrir sabores, olores y texturas ancestrales.
La idea era clara: recuperar la cultura a través de la gastronomía. Quach ha abrazado el pasado y lo ha conducido al presente en un proceso que no ha sido fácil. Comenzó con prudencia, con el temor de todo aquel que se adentra en una nueva aventura. El comensal, con el paso del tiempo, ha acabado bendiciendo su propuesta: una simbiosis respetuosa de la antigua cocina romana, la cocina tradicional catalana y las recetas del Rif.
Quach mira el mundo desde Tarraco, la ciudad que lo acogió y de la que no quiere marcharse. El paisaje de la Costa Dorada se respira en cada plato. “Ser sostenible es ayudar a la gente que mantiene el paisaje con vida”, dice con convicción. Campesinos y pescadores se mantienen como héroes de esta historia: las hortalizas de Riudoms, el marisco de Sant Carles y las recetas de la abuela. “Esto es ser sostenible”, defiende.
El deseo del chef es seguir escribiendo nuevos capítulos. Acompañado de su equipo, se mantiene firme en la apuesta por un proyecto que nació platónico y se ha convertido en realista. “El fracaso habría sido no intentarlo”, reconoce desde una de las mesas del restaurante. Le rodean obras de artistas de proximidad y vajilla hecha a mano en el territorio. Ese es el secreto: que la historia se respire en cada rincón, en cada detalle y en cada propuesta.





